Bienvenid@s a las ciudades oscuras

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Hasta hace un par de generaciones atrás muchos mexicanos (... y muchas mexicanas) adquirían, gracias a Yolanda Vargas Dulché y una hueste de seguidores incluido su marido, el habito de la lectura, no siempre bien visto por que más de uno desearía que lo hicieran con el Quijote y no con María Isabel. Afortunadamente de ahí a otros títulos, al menos para el sector interesado, el transito no era de muerte, entre otras cosas al bueno del ya citado marido -Guillermo de la Parra Loya- se le ocurrió adaptar, por ejemplo, Sinuhé el Egipcio de Mika Waltari o mejor aún L´homme Qui Rit de Victor Hugo, a más de una serie de francos fusiles a otros autores entretejidos con sus propios argumentos (el más celebre de ellos hasta tiene una canción por el enorme peso cultural que ejerció la lectura de historietas en este país durante muchas décadas: Rarotonga). 
Ellos no eran el primer ni más importante ladrillo en la construcción de un México lector a través del cómic o la caricatura: desde Posada hasta Naranjo y el Fisgón, atravesando por Abel Quezada, Germán Butze e indudablemente Rius y Gabriel Vargas, este país fue un gran generador de material gráfico y literario que no solo hablaba de sus experiencias cotidianas y deseos, también servía para reflexionar, explicar y sobre todo conformar una identidad nacional. Borolas no es un personaje efímero, es casi el arquetipo de la madre chilanga: ingeniosa, trabajadora, solidaria pero también desordenada, consumista y enajenada.

Ya le podemos decir cómic, tebeo, historieta o novela gráfica, el género de "monitos y letras" entró en un terrible proceso de decadencia con la aparición de los libros Sensacionales pues la temática entró en el terreno no de lo sexual y adulto sino de lo francamente pornográfico e innecesariamente violento (pero tal vez sea por que está expresando en su justa medida la realidad actual de la nación). Lo cierto es que se alejó de lo que pudiéramos denominar un público familiar. Claro que existen autores menos escabrosos pero de lo que hablo es del cómic como producto industrial. Lejos quedaron aquellos tirajes masivos de los 70´s u 80´s. Un cómic como La Toma de Zacatecas de Paco Ignacio Taibo II y Eko no aspira a los 50,000 que semanalmente tenían Rarotonga o Yesenia. Sin ese carácter familiar, no hay entrada a la sala de la casa y así se pierde posibilidad de motor de la lectura como lo hizo en décadas anteriores.

El uso del cómic como promotor de la lectura en México nunca fue visto como algo positivo sino más bien como un accidente. Hablando con varios de mis compañeros de estudios descubrí que, junto conmigo, adquirieron un conocimiento de la mitología griega y latina en los pasquines de editorial Novaro o los muy codiciados Colección Clásicos que a veces tenía títulos de Verne o hasta Wells. Era una industria de kiosko y no contaba con servicios de suscripción: lo que encontrabas era lo que había (pero había muchísimo), así que cuando eclipsó no tenía un compromiso ni con los lectores ni los autores. El cómic mexicano se fue apagando para permitir la entrada de títulos importados que tenían mejores modelos de permanencia

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